Sylvester Stallone se sincera como nunca a los 80 años: bulimia, esteroides, ataques de ansiedad y el miedo a la muerte

Sylvester Stallone ha ocupado un lugar destacado en el imaginario colectivo durante 50 años, desde que irrumpió en la pantalla interpretando al icónico boxeador y eterno aspirante Rocky Balboa en un filme que escribió él mismo y que ganó el Oscar a la mejor película.
A éste le siguieron muchas más entregas de la saga Rocky, así como otra franquicia, Rambo, que marcó el inicio de una nueva era del cine de acción en la que Stallone y su antiguo archienemigo Arnold Schwarzenegger encarnaron un tipo de masculinidad muy específico: físicamente imponente, sin ambigüedades morales y emocionalmente distante.
A sus 80 años y con una nueva autobiografía titulada Los escalones -en alusión a la escalinata del Museo de Arte de Filadelfia que él sube de forma memorable en Rocky-, Stallone está dispuesto a examinar su vida, su obra y el impacto que ésta ha tenido en nuestra cultura.
-En Los escalones usted escribió que en los momentos difíciles de su vida pensaba que a esos recuerdos los debía “guardar en una caja” y seguir adelante. ¿Cómo fue volver atrás y revisitar algunas de esas vivencias para este libro?
-Fue cierta mezcla de emociones. Hubo lágrimas, risas, algo de rabia y amargura. Y después pensé que tal vez esa haya sido la motivación para hacer algo extraordinario, a diferencia de no sentir ninguna angustia en mi interior. Es como que alguien te da un puñetazo en la boca, pero ¿no te hizo un favor? Realmente creo que los padres son escultores y que esculpen su obra maestra… o su desastre.
Sylvester Stallone llegó a someterse a dietas extremas y entrenamientos extenuantes por “Rocky”. Foto: AP. Una infancia difícil
-La forma en que usted llegó al mundo refleja, en muchos sentidos, cómo lo ha habitado, entre mucha turbulencia y dramatismo. ¿Cómo fue el día en que nació?
-Mi madre también venía de una vida muy turbulenta y, la verdad, no tenía pasta de madre. Tenía planes grandiosos para su vida, así que mi embarazo significó una interrupción enorme. Pienso que no debía querer aceptar la realidad, ni siquiera cuando ya estaba en el noveno mes. Empezó el trabajo de parto mientras iba en un autobús. Fue una situación crítica. Dio la casualidad de que estaba cerca de un centro médico.
-Y las personas que lo trajeron al mundo utilizaron fórceps y le dejaron la cara parcialmente paralizada.
-Podría haber sido peor, porque a veces eso provoca daño cerebral, aunque, quién sabe, tal vez eso también ocurrió (risas). Resultó algo terrible durante mi crecimiento, porque hablaba entre dientes y tartamudeaba. Era como diez veces peor que Rocky.
-Cuando era muy chiquito lo mandaron a vivir en una pensión y sus padres lo visitaban una sola vez por mes. ¿Cómo tomaba eso usted de niño?
-No sé si fue una cuestión preventiva o un mecanismo de defensa frente al sentirme totalmente abandonado, pero el caso es que me crió gente desconocida y eso se convirtió en un entorno natural para mí. Mis padres nunca fueron afectuosos, así que aquello, de hecho, suponía una ventaja comparado con el lugar donde vivía antes.
-¿Cree que eso lo hizo ser duro?
-En el mal sentido, sí. Me hizo muy duro. Y, literalmente, no conocí el amor auténtico y verdadero hasta los 70 años. Ese amor verdaderamente genuino e inequívoco. Esa entrega total, ese amor temerario que te podría llevarte a saltar a un volcán por alguien, llegó tarde. Y es una gran lástima. Me consumía la idea de no acabar siendo otro fracasado del barrio. Era muy, muy competitivo, como un pitbull. Eso era lo que me impulsaba. No es algo sano.
Sylvester Stallone posando junto a una copia de “Los escalones”, su nuevo libro, en el que repasa las etapas más oscuras de su vida. Foto: AP. -Sus padres tuvieron un matrimonio muy hostil y violento y se divorciaron cuando usted tenía unos 11 años. ¿Qué recuerda de esa separación?
-Fue traumática. Recuerdo que cuando mi madre dijo “Me voy, no voy a vivir más aquí”, me aferré a su pierna y ella literalmente me arrastró. Después se soltó, salió por la puerta y eso fue todo. Mi hermano llegó a casa poco más tarde y no encontró a nadie. Supongo que mi padre me había llevado al local o algo así, así que mi hermano se sintió abandonado y nunca superó aquello. Jamás.
-Su padre no solo era abusivo, sino que competía con usted. A menudo intentaba superarlo o humillarlo. ¿Por qué cree que se comportaba así?
-No lo sé. El padre de él era igual. Un peluquero con bigote, muy estoico. Dicen que una mosca posada sobre una tonelada de mierda de vaca se cree una reina. El padre tenía esa especie de aire autoritario y era más frío que el demonio; por eso el mío era tan frío y duro.
-Con todo ese drama y toda esa violencia, ¿hubo algo de amor entre ustedes dos?
-Solo en su lecho de muerte. Es muy extraño: mi madre nunca me abrazó, jamás. ¿Besos? Ni hablar. Todo era un gesto al aire. Y mi padre no era mejor. Pero nunca olvidaré algo: yo tendría unos nueve años y él me hacía cuidar sus caballos. Regresamos del establo; él maneja y yo me quedo dormido. Entonces él apoya mi cabeza en su rodilla y me pone las manos sobre la cabeza. Nunca dejo de recordarlo. Yo pensé: “Mirá, eso es lo que se siente”. Una simple caricia en el cabello de tu hijo. Pero eso fue todo. Fue una sola vez y nunca más.
Stallone tuvo que atravesar una infancia muy dura, con poco afecto de sus padres. Foto: AP.El sueño de actuar
-Tenía el sueño de convertirse en actor y aceptó un trabajo como acomodador en un cine. ¿Qué intentaba lograr con eso?
-Intentaba aprender. Te ponés ese uniforme de mono y la gente ni siquiera te ve, pero yo podía observar ante qué reaccionaba el público: dónde se reían, dónde no, quién se levantaba, por qué se levantaban. Entonces empecé a ponerlo por escrito. Vivía en una celda. Era diminuta, un cuarto de tal vez dos metros y medio por tres. Así que me sentaba en la cama y tenía unos viejos álbumes de Traffic y de Blood, Sweat & Tears y los usaba como escritorio. Pasaba mis notas en limpio. A veces pensaba: “¿Y si esto es todo?”. Entonces surgía el miedo, y era como aquello del psiquiátrico: no te metas allí. Agarrá el miedo, tragátelo, seguí adelante.
-Cuando intentó abrirse camino como actor, lo rechazaron en varias oportunidades y escribió Rocky para usted mismo, pero se sabe que intentaron ofrecerle dinero para que no protagonizara la película. ¿Fue porque intuía que era su última oportunidad?
-Era el momento decisivo. Yo ya no podía más. Tenía menos de cien dólares en el banco. Yo estaba muy verde y ellos tenían todo el derecho a no querer contar conmigo. Si alguien hubiera venido a verme con mi mismo aspecto y mi forma de hablar arrastrando las palabras, yo habría pensado “Vamos, hombre. No encajás con el gusto de mucha gente en este país”. Pero yo sabía que aquel era el instante crucial. Era el puente. Y si no lo cruzabas, tenías que saltarlo. No iba a dejar que otro lo hiciera. Sabía que me iba a odiar a mí mismo. Me iba a matar. Emocionalmente, quiero decir.
-¿Fue a terapia más adelante en su vida?
-No. No ayuda, porque esto no desaparece. Tapás todo con subterfugios, ideología, disquisiciones intelectuales, ejercicios de respiración y meditación, hasta que llega ese momento a altas horas de la noche y, ¡paf!, volvés a estar ahí mismo, preso de la ansiedad.
Sylvester Stallone tuvo muchos complejos con su cuerpo durante las grabaciones de “Rocky”. -¿Cuándo sufrió ese tipo de ansiedad extrema por primera vez?
-La primera vez fue a los 36 años y yo estaba viendo el material filmado el día anterior y, de repente, me levanté, se me erizó el vello de la nuca, empecé a sentir calor y pensé: “Me estoy muriendo, esto es el fin, me voy de este mundo”. Y ¡bum!, me desplomé. Me puse de rodillas, gateé, rodé por el suelo y, de pronto, me vi allí, en la sala de cine a oscuras. Y luego volvió a ocurrir una y otra vez. Durante cinco años desapareció. Pero siempre parece suceder, no sé, justo cuando te preparás para salir en el show de TV “Today”… ¡bum! ¿Alguien tiene un ansiolítico? Ya es demasiado tarde. Así que te quedás sentado, aferrándote a la silla.
-A pesar de haber tenido una crianza tan traumática usted fue padre de cinco hijos. ¿Qué aprendió acerca de cómo ser un buen padre, teniendo en cuenta que para eso no contó con modelos a seguir?
-La verdad es que no fui muy buen padre. Mi esposa, Jennifer, es la mujer más grandiosa que existe. Y la más generosa. Yo no poseo esa capacidad de dejar de lado mi propio yo por otra persona. Ella crió a mis hijas de ese modo. Mi primer matrimonio no fue así. Yo estaba en modo guerrero. Conquistemos el mundo. Todo lo demás quedaba a un costado. Era una forma de vida mezquina.
-Arnold Schwarzenegger ahora es su amigo, pero usted ha dicho que no soportaba estar en la misma habitación que él. ¿Por qué lo odiaba tanto?
-Porque representaba un desafío. Yo creía que tenía algo importante entre manos. Entonces veía a este tipo, una fuerza inamovible, un ser humano con muchísima seguridad en sí mismo, más que yo incluso, y con un enfoque más psicológico a la hora de manipular y hacer las cosas con gran astucia. No en un sentido negativo sino simplemente con sagacidad. Yo era pura fuerza bruta; él era frialdad maquiavélica. Él ganaba premios y era fisicoculturista, mientras que yo me consideraba más bien un…
-Un actor, un dramaturgo peripatético que recorría el país actuando. (Risas). Yo pensé “Hmm, este es el tipo con el que voy a tener problemas”. Y así fue; chocamos constantemente, cosa que resultó fantástica. Me arrepiento de algunas palabras que dije sobre él, pero Arnold me provocaba creativamente, y yo a él. Eso nos obligó a subir el nivel y a recurrir a artillería más pesada, más ruido, más acción, cuerpos destripados y todo lo demás, hasta que logramos cavar un nicho irrepetible: ese género de acción desenfrenada de los años 80 del que fuimos pioneros él y yo.
Los problemas con la imagen
-¿Cómo evolucionó la relación con su cuerpo a lo largo del tiempo?
-Se volvió muy íntima, por así decirlo. Era mi armadura. Me fijé en Rocky: un tipo de aspecto muy corriente, muy normal. Y entonces pensé: creo que el personaje podría empezar a volverse un poco más vanidoso. Y después, en Rambo, interpretás a un guerrero, así que deberías mostrarte un poco más animalesco, ser menos manso. De modo que empecé a pensar: diseñá tu cuerpo como el de un jaguar, un felino. No grande como el de Arnold, sino más salvaje, agresivo, ágil y atlético.
“Después se convirtió en una obsesión. Algo realmente grave. Llegué al punto de sufrir bulimia. Lo escuchás aquí por primera vez. Durante el rodaje de Rocky III bajé hasta un 2,6 % de grasa corporal y no lograba retener nada en el estómago. O más bien no quería retenerlo, porque estaba obsesionado con mantener ese nivel de estado físico. Era, literalmente, una obsesión por idolatrar el cuerpo propio. Y nadie lo consigue sin aditivos ni fármacos. Punto. Me da igual lo que digan. No es que seas un drogadicto, pero si te vas a entrenar e intentar mantenerte en forma durante seis meses seguidos alimentándote a base de yogur y nata agria, simplemente no funciona”, añadió.
Rocky Balboa, su personaje icónico. (www.mgm.com)-¿Así que tomaba esteroides?
-Dios mío, es algo que tenés que hacer. Pero lo hacés con cuidado: seis semanas sí y seis de descanso. La gente dice “No se logra ese físico de forma natural”. Y no, no se logra. Pero eso también te pasa una factura terrible. Recién al hacer Tierra de policías —cuando tuve que interpretar al tipo más débil del grupo, medio sordo, con sobrepeso— me sentí algo liberado. Después las cosas se descarriaron y caí en desgracia en Hollywood. Pero sí, he abusado de mi cuerpo. Me operaron nueve veces de la espalda, dos del hombro y me hicieron tres fusiones cervicales. Todo se mantiene unido con alambre, pero aun así quiero seguir en buen estado físico.
-¿Todavía ve su cuerpo como su armadura?
-Porque sigue estando en forma y tiene 80 años.
-Estoy más o menos en forma, pero tomo muchas pastillas para seguir andando. Se da a un precio terrible. Si pudiera volver atrás diría “Que otro lleve la bandera y no hagás vos mismo de tu acróbata de riesgo”. No sé qué me ha pasado con eso de hacerme daño constantemente.
-Muy masoquista. Y todo esto nos remonta a papá y a aquel momento en el campo de polo: “No, no me vas a quebrar”. Pero sí que te quebrás un poco, física, no mentalmente.
-Hace un rato mencionó el tema de los remordimientos y dijo que a su edad y con su trayectoria resulta imposible no acumular una montaña de lamentos.
-Es algo terrible. Es la bruma de la guerra, la guerra por tratar de tener éxito, y se lo puede achacar a esto o a aquello o a un egocentrismo mezquino, y resulta doloroso. Sin embargo, el ayer ya murió. ¿Te perdonás por haber sido un cabrón? No, solamente te arrepentís. Les negaste tu amor a otras personas, pero también te hiciste a vos mismo cosas peores.
-¿Ha perdonado a sus padres?
-He aceptado que son como son. Supongo que se podría decir que sí, que los he perdonado. Sin duda es un tratado de paz delicado, pero ¿qué le vamos a hacer? ¿Andar por ahí gritándoles a los fantasmas? “¡Vuelvan aquí! ¡No hemos terminado!”. No, no puedo. Lo único que puedo hacer es valorar cada segundo, porque, seamos sinceros, ya veo la luz al final del túnel.
-Usted ha trasmitido siempre una imagen de invencibilidad. Por eso resulta sorprendente ver que es tan vulnerable.
-Aunque mantenga esa fachada de llevar una armadura, en realidad siento mucha empatía por las personas a las que la vida no les ha dado un respiro. Creo que por eso Rocky tuvo tanto éxito.
Fuente: www.clarin.com

